El vampiro de Atlas
- David CM
- hace 3 días
- 6 Min. de lectura
Antes de comenzar con el artículo, déjame hacerte dos preguntas: ¿Qué es lo primero que acude a tu mente cuando lees la palabra vampiro? ¿Crees que es una criatura que sólo habita en la ficción? Hazte estas mismas preguntas al terminar de leer esta historia, que de no ser por los testigos y los informes policiales, parecería más un relato escrito por Polidori, que un caso real ocurrido en 1932...

Una deliciosa tarde de mayo engalanaba la ciudad de Estocolmo. Los automóviles traqueteaban por los adoquines del barrio de Atlas mientras los habitantes de la ciudad caminaban ocupados en sus asuntos. De la ventana abierta de uno de los apartamentos se escapaba lentamente el humo de los cigarrillos. En el interior, Lilly Lindeström y Minnie Jansson reían y fumaban mientras esperaban clientes.
—¿Recuerdas a Martin? Volvió a llamarme hace dos días, parece que no pudo resolver las diferencias con su prometida —comentaba Lilly con la fascinante sonrisa que le había hecho ganarse aquel apartamento.
—Jamás será capaz de resolverlas si continúa dejándose en tu casa la mitad de su sueldo —dijo Minnie mientras se reía y acariciaba con suavidad los oscuros bucles de su pelo.
De los labios rojos de Lilly se escapaba lentamente el humo mientras hablaba de una forma casi hipnótica. Su pelo rubio descansaba liso y delicado sobre sus hombros desnudos. La palidez prácticamente sobrenatural de su piel contrastaba con el corsé de encaje negro que realzaba su voluptuosa figura.

Mientras las dos mujeres hablaban distraídas, el estridente timbre del teléfono las sobresaltó.
—¿Es el apartamento de Lilly Lindeström? —preguntó una desconocida voz masculina cuando la mujer descolgó.
—Si, yo soy Lilly.
—Estoy por la zona y quiero verte esta noche.
Lilly no se sorprendió por el tono que usó el hombre, ya estaba más que acostumbrada a que sus clientes creyeran que ella les pertenecía, pero sabía perfectamente como lidiar con ellos así que aceptó la cita.
Minnie, al ver que su amiga tenía trabajo, se despidió prometiendo volver más tarde y bajó a su apartamento, situado en la planta baja del edificio.
Aproximadamente media hora después unos golpes resonaron en la puerta del apartamento de Minnie. Al abrir, vio a su amiga Lilly cubriendo su desnudez con un abrigo de piel y calzando sus zapatos de tacón favoritos.
—Minnie querida ¿no tendrás unos preservativos a mano? Me temo que me he quedado sin ellos en el momento más inoportuno.
Por fortuna para su amiga, Minnie tenía así que le dio una caja. Lilly le posó un beso en la mejilla y con otra de sus deliciosas sonrisas volvió a su piso.
Las horas pasaron y el tedio invadió el pequeño cuerpo de Minnie, que dormitaba sentada en su sillón favorito. La insustancial novela que intentaba leer hacía ya un buen rato que se le había caído de la mano y yacía a sus pies a medio abrir. Convencida de que un paseo por los jardines de Djurgården les haría bien a ambas, se vistió y subió los escalones a eso de las nueve de la noche hasta el apartamento de su amiga Lilly. Allí llamó repetidas veces a la puerta sin obtener ninguna respuesta.
—¡Lilly! ¡Abre querida, me voy de paseo a Djurgården! Creo que Sara y Eva estarán ya allí.
Al no recibir respuesta, la mujer se fue sola al parque, pensando que Lilly habría quedado con otro cliente o tenía alguna cita de la que no le había hablado.
Pasaron tres días sin que Minnie supiera nada de su amiga aunque a diario llamaba a su puerta. Sombríos pensamientos cruzaron por la mente de la mujer. El suyo era un trabajo peligroso, si bien solían protegerse entre ellas, cuando se encontraban a solas con sus clientes estaban indefensas. Así que decidió acudir a la policía.
Al escuchar su historia, los agentes no tuvieron ninguna duda de que algo nefasto había ocurrido así que acudieron con rapidez al apartamento de Lilly Lindeström. Cuando lograron forzar la puerta, una corrupta tranquilidad se respiraba en el ambiente. Todo parecía en calma, la casa no estaba revuelta y Lilly aparentaba dormir desnuda boca abajo en su cama. La ropa de la mujer estaba cuidadosamente doblada sobre una silla. El teniente Nyström se acercó con cautela a la mujer, la palidez de su piel era aún más antinatural que de costumbre. Las curvas que no hace tanto alimentaban la lujuria de la mitad de los hombres de Estocolmo, se esparcían sin forma sobre las impolutas sábanas, apenas cubiertas por los cojines de un sofá cercano. Bajo su cuerpo la colcha estaba apenas revuelta.

Cuando ya estaba a la altura del cabecero de la cama, el teniente apreció por primera vez los contundentes golpes que, asestados en la cabeza, habían acabado con la vida de Lilly Lindeström. En ese mismo instante, junto al policía apareció Minnie, que apenas pudo dominarse cuando vio el destino que había corrido su amiga. Acabó desmayándose en brazos de otro de los oficiales presentes y fue sacada en volandas del apartamento.
Los policías examinaron detenidamente la escena. Era evidente que Lilly y su asesino estaban manteniendo relaciones sexuales mientras se cometía el crimen, lo que ya de por si hacía del caso algo extraordinario para la época, pero fue el hallazgo de algo tan simple como un cucharón lo que hizo que este caso entrara en los anales de la policía sueca.
Cuando el teniente Nyström lo vio, apenas si reparó en su existencia, pero cuando uno de sus ayudantes se lo pasó, señalando lo que parecían manchas de sangre, Nyström examinó más de cerca el cadáver de Lilly. La mujer llevaba muerta tres días, pero por alguna razón no quedaba ni gota de sangre en su cuerpo. Fue entonces cuando una idea espeluznante se clavó con fuerza en la mente del teniente. El cucharón casi cayó de sus manos cuando en voz alta preguntó:
—¿Y si el asesino ha usado esto para beber la sangre de su víctima?
La pregunta, lanzada al aire enrarecido del apartamento, paralizó a todos los que allí se hallaban. Pero si esto era cierto ¿por qué no había restos de sangre esparcidos por el suelo y la cama? Era imposible también que un ser humano se bebiera de una vez la sangre de otro, así que el asesino debía de haberse llevado la sangre restante de alguna forma. Pero ¿qué clase de persona volvía a su casa con tarros repletos de la sangre de la mujer a la que acababa de asesinar? Todas estas cuestiones y otras que no se atrevían a formular en voz alta, estremecieron las almas de los policías que investigaban el caso.

La autopsia confirmo que al cadáver de la mujer le faltaba casi la totalidad de su sangre y que los restos que había en el cucharón eran, asimismo, de sangre. Además se descubrieron inquietantes manchas de saliva por todo el cuerpo y especialmente en el cuello de Lilly. Si bien había huellas y ADN por todo el escenario del crimen, las técnicas forenses de la época no eran capaces de procesarlas.
El primer paso evidente era investigar a los clientes habituales de Lilly Lindeström, y a ello se lanzaron los investigadores, pero todos estaban limpios. Quien llamó aquella fatídica noche no era un cliente habitual.

Los policías recorrieron cada rincón del barrio en busca de testigos o de alguna pista de un asesino que parecía haberse volatilizado. Cuando los detalles del caso llegaron a la prensa estos no dudaron en dotar al Vampiro de Atlas de un halo sobrenatural. Un terror silencioso se extendió como una niebla por la ciudad ¿Y si el vampiro volvía a atacar?
Pero jamás lo hizo, y en los archivos policiales no había ningún caso previo parecido a este. El vampiro se perdió para siempre como había hecho la noche del crimen dejando tras de si decenas de preguntas sin resolver. Minnie Jansson siguió con su vida, el teniente Nyström se jubiló sin poder resolver el caso, que prescribió en 1957, pero en la mente de todos los que formaron parte de una u otra forma del caso, Lilly Lindeström y su asesino jamás desaparecieron.

Parece buen momento ahora para repetirnos las preguntas del comienzo ¿sigues creyendo que los vampiros existen sólo en la imaginación? O quizás el Vampiro de Atlas te hizo cambiar de opinión...



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