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  • David CM

El asesinato de Olof Palme

La noche en que lo iban a matar, el primer ministro Olof Palme salía del cine Grand, en Estocolmo, acompañado de su esposa Lisbet. La noche del 28 de febrero de 1986 era fría, pero decidieron ir de paseo hasta el metro más cercano. La pareja iba sin escolta por expreso deseo de Olof, que detestaba parecer alguien especial. Cuando alcanzaron el cruce entre las calles Sveavägen y Tunnelgatan, un desconocido, embozado en el contraluz de las farolas, se les aproximo por la espalda descerrajando dos tiros al primer ministro, uno le atravesó el pecho y la arteria aorta, el otro le perforó el abdomen. Palme cayó al suelo, moribundo y agarrando a su esposa, que también había sido herida levemente. El atacante observó al herido y dio un par de vueltas alrededor de la pareja antes de huir. Unos metros más adelante se volvió, cruzando su mirada con la de una estupefacta Lisbeth, caída de rodillas junto a su marido.


El féretro de Palme en las calles de Estocolmo

Una enfermera en prácticas que pasaba por allí, comenzó los primeros intentos de reanimar al primer ministro, mientras que un taxista que había presenciado lo ocurrido llamaba a la policía. Tras poco más de tres minutos (diez según publicaría después el diario Aftonbladet) la policía llegaba a la escena del crimen. La ambulancia llegaba un minuto después, pero todos los esfuerzos fueron en vano, Olof Palme, primer ministro de Suecia, moría oficialmente a las 00:27. La tormenta que zarandearía a la sociedad sueca estaba a punto de desatarse.

Los medios de comunicación suecos no dieron la noticia de la muerte de su primer ministro de forma inmediata, en parte para que no cundiera el pánico entre la población. Esto hizo que los suecos se enteraran del asesinato cuatro horas más tarde que el resto del mundo.

Desde el primer momento, unos trescientos policías se vincularon a las investigaciones, creándose el denominado “grupo Palme” cuyo único objetivo sería resolver el crimen, su labor, como veremos a lo largo del artículo estuvo repleta de trabas y de errores flagrantes.

Ahora os estaréis preguntando ¿Quién querría asesinar al primer ministro de un país tan pacifico como Suecia? La respuesta es compleja, pues, como siempre, no es oro todo lo que reluce. Si bien en Suecia, y sobre todo en el plano internacional, Olof Palme era muy apreciado en ciertos sectores, también era controvertido y polémico en otros. La derecha le odiaba por el número creciente de refugiados políticos que acogía Suecia. Tampoco le perdonaban su neutralidad en la Guerra Fría, pues pensaban que estaba vendiendo el país a los comunistas. La izquierda también recelaba de él por sus orígenes burgueses y un intelectualismo que consideraban despectivo y clasista. Por su parte, los partidos de centro, más ligados en Suecia al ámbito rural, tampoco aguantaban sus dialécticas eruditas. Incluso entre los propios socialdemócratas, a los que él pertenecía, había división.

Palme estaba además comprometido con el desarme, la prohibición de armas nucleares, la solidaridad con el Tercer Mundo o la superación de las desigualdades Norte-Sur.

Como se puede ver, Olof Palme era un político comprometido y controvertido, pero ¿tanto como para ser asesinado?


Olof Palme criticaba abiertamente a gobiernos extranjeros tanto de izquierda como de derecha.

Los días que siguieron al asesinato, las informaciones en televisión y prensa seguían siendo confusas y contradictorias. Las investigaciones no conducían a nada, el arma del crimen no aparecía, los casquillos de bala aún no se habían encontrado y la viuda del presidente, y testigo más cercana del crimen, ni siquiera había sido interrogada. La presencia de policía en lugares clave era nula, algo incongruente tras un magnicidio. Aun así, los suecos confiaban en que la policía y los servicios de inteligencia del país resolvieran pronto la situación.

Hay que tener muy en cuenta que no solo había sido asesinado el presidente de la nación, también había muerto la inocencia del país. Suecia estaba aturdida, indignada y confundida, todo a la vez. La sociedad atravesaba una crisis inesperada, un trauma que la historia pasaría a conocer como Palmes sjukdon o enfermedad de Palme.

La primera reivindicación del atentado se había dado a las pocas horas y venía desde la Alemania occidental. Un grupo terrorista de corte marxista llamado Fracción del Ejército Rojo, en concreto el ‘comando Holger Meinz’, asumió la autoría del asesinato del primer ministro en represalia por la actuación del gobierno sueco en la toma de la embajada alemana en Estocolmo en 1975 que ellos mismos habían perpetrado. Pese a esto, y a que las balas encontradas en el cadáver de Palme coincidían con las de un atentado del grupo a un industrial alemán, la policía no les hizo el menor caso.

Los investigadores, dirigidos en esta primera fase por el jefe de policía de Estocolmo Hans Holmér, trabajaban sobre el supuesto de “un asesino profesional que había salido huyendo del país y tuvo que ser visto por muchas personas”, obviando en estos primeros compases la naturaleza política del crimen.

Retomando el asunto de las balas, la policía llegó a la conclusión de que las que se usaron en el asesinato, eran de origen extranjero y no se vendían en Suecia, lo que encajaba perfectamente con su teoría de un “enemigo exterior”, ignorando a los numerosos enemigos que el primer ministro tenía en la propia Suecia. Esta teoría se vino abajo pronto por las declaraciones de un armero sueco y de la policía judicial alemana quienes aseguraron que ese tipo de balas podrían haberse adquirido en Suecia o en un país cercano sin mayores problemas.

Si bien la policía sabía que arma había sido usada para asesinar a Olof Palme, así como el tipo de balas, aún no habían sido capaces de encontrar nada. Los agentes peinaron palmo a palmo la escena del crimen, así como la ruta de huida del asesino sin éxito. No fue hasta dos días después del asesinato cuando unos transeúntes dieron con las balas. Al parecer, el lugar donde se encontraron esas no coincidía con la trayectoria de los disparos, además, los proyectiles no tenían rastros de sangre ni de ropa de la víctima. ¿Podría haber vuelto el asesino a una escena del crimen poco vigilada para dificultar la labor policial? Las preguntas sin respuesta seguían acumulándose.

No pasó mucho tiempo hasta que la prensa comenzó a hacerse eco de los errores flagrantes cometidos por la policía y lo hicieron gracias a filtraciones que venían directamente de algunos funcionarios del aparato de seguridad. Estos errores habían comenzado antes incluso del asesinato, pues Lisbeth Palme había denunciado semanas antes la presencia cerca de su casa de dos hombres que parecían vigilarlos. Aun cuando el propio Palme había renunciado a su escolta, lo más lógico sería pensar que un discreto arco de seguridad debía acompañar al primer ministro de la nación allí donde fuera.


Olof junto a su esposa Lisbeth

Por fin, la policía confeccionó un retrato robot del sospechoso, pero había un grave problema pues no coincidía con las descripciones que habían dado los numerosos testigos presenciales del asesinato.

Aun así, llegaron las primeras detenciones. Dos ciudadanos yugoslavos fueron apresados en Dinamarca, pues uno de ellos encajaba con el retrato robot de la policía, pero acto seguido fueron puestos en libertad por falta de pruebas. El siguiente en ser arrestado fue Viktor Gunnarsson, un sueco de ideología nazi, que también hubo de ser liberado por el mismo motivo.

Aunque la detención de Gunnarsson contradecía la pista de un agresor externo, estos arrestos seguían en la línea teórica que manejaba por entonces la policía y de la que no quería apearse por nada del mundo. Estas directrices llevaban a los investigadores a centrarse en un loco solitario, un perturbado que odiaba al primer ministro y había atacado a Palme por propia iniciativa. Para la policía no había una conspiración de un grupo de personas con intereses políticos detrás del asesinato.

Los meses se escapaban entre las manos de los investigadores, mientras la presión tanto nacional como internacional aumentaba hasta niveles nunca antes vistos en aquellas latitudes. El mundo vivía pendiente de las ruedas de prensa del jefe de la investigación, Hans Holmér. El ambiente se caldeó tanto que la propia esposa de Holmér fue atacada por dos encapuchados que la arrojaron a una zanja mientras proferían insultos a su marido. Por su parte, periódicos y revistas sensacionalistas se ponían las botas publicando lo primero que se las pasaba por la cabeza.

Al magnicidio, la mala actuación de la policía y la agresión a la esposa de Holmér se unió el atentado contra una compañía estadounidense en Estocolmo y otro ataque frustrado contra el embajador de Estados Unidos en el país. La sociedad sueca se sumergía en las profundas y densas aguas del miedo y la incredulidad.

Transcurridos cinco meses del atentado contra Olof Palme y en el transcurso de una rutinaria rueda de prensa, el jefe Holmér daba una respuesta a un periodista que cambiaba por completo el curso de la investigación: “El asesinato de un primer ministro siempre tiene implicaciones políticas”.

Esta repuesta cogió a los periodistas a contrapié, pues podía tener dos interpretaciones: o la policía había mentido hasta entonces, manteniendo oculta la naturaleza política del asesinato, o habían cambiado bruscamente el enfoque de la investigación. Cualquiera que fuese la razón, lo importante es que ahora el móvil político estaba detrás del magnicidio. La policía, en consonancia con esta nueva hipótesis, sostenía que los autores “consideraban a Palme demasiado tolerante con los comunistas”, lo que parecía apuntar a un complot organizado por fuerzas ultras.

Inmersos en este ambiente de confusión habían pasado ya nueve meses del atentado y cuatro sin ninguna novedad en la investigación. Pero ahora las cosas se iban a embrollar incluso un poco más, pues fue entonces cuando doce inspectores de la policía sueca cesaron de sus funciones. Jamás ha transcendido si estos ceses fueron voluntarios o forzosos. La versión oficial fue que respondían a la necesidad de dar descanso a los agentes, agotados tras nueve duros meses de investigación.

Había por supuesto una versión no oficial, cargada de sensacionalismo y que hurgaba sin miramientos en la vida privada del primer ministro. Según esta versión, los inspectores cesados se habrían topado con trabas políticas de alto nivel al intentar investigar una supuesta aventura de Palme con una multimillonaria de origen británico.

Para Holmér, el líder de la investigación, los inspectores habían sido cesados por filtrar información a la prensa. Otras fuentes apuntaban a que los agentes habían dimitido por su descontento con la forma que tenían sus superiores de llevar el caso…

Sea cual fuere la causa, lo que dejaba en claro todo este asunto era la poca confianza y cooperación entre los organismos investigadores y las rivalidades intestinas en el propio Estado, que torpedeaban sin remedio la investigación. Tal era el ambiente de desconfianza con las fuerzas del orden suecas, que los propios hijos de Palme pidieron que la investigación pasara a manos de policías de otros países nórdicos. Su petición jamás fue atendida.

Estos errores y desconfianzas minaban la imagen del inspector jefe Holmér que intentó dar un golpe de mando el 10 de noviembre de 1986 asegurando, hasta en un 95%, saber quién estaba detrás del magnicidio. Holmér, si bien admitió no conocer aún al autor material del asesinato, aseguró tener en el punto de mira a la trama política que le protegía. Hacía por primera vez aparición lo que la historia conocería por “la pista kurda”.

Según la policía, miembros del PKK (Partido de trabajadores del Kurdistán) habrían ordenado y ejecutado el magnicidio, indignados por la hostilidad del Gobierno contra las actividades de su partido en suelo escandinavo.

La investigación parecía por fin encarrilada. La ilusión por conocer de una vez por todas la resolución de esta pesadilla crecía en la prensa y la opinión pública. Una gran operación policial había detenido a dos miembros del PKK, lo que se unía a la redada que había dado con veinte ciudadanos kurdos en la cárcel. Sin embargo, todo se vino de nuevo abajo cuando el 20 de enero de 1987 se anunció que la pista había perdido peso en la investigación.

De repente una pista fiable al 95% se descartaba sin mayores explicaciones ¿Intentaba Holmér desviar la investigación? ¿Era el último as que se guardaba en la manga antes de ser expulsado del caso? Si ese era el motivo, no le sirvió de mucho, pues el 4 de febrero sería cesado junto al fiscal encargado del caso. Holger Romander, jefe de la policía del reino, pasaría a hacerse cargo de la investigación.

La sociedad sueca, que junto con la prensa había recibido bien a Hans Holmér, se quedó con la sensación de que solo se investigaba lo que él quería, descartando pistas fiables. Esto junto a los flagrantes fallos en la investigación, mermó la popularidad de Holmér, incluso hoy en día, a limites paupérrimos.

Había pasado un año ya desde el asesinato de Olof Palme y la policía reconocía sentirse perdida. Los investigadores habían agotado la pista del terrorismo alemán, la del loco solitario y la del complot kurdo. Era momento de volver a la casilla de salida. En Suecia empezaba a hacerse fuerte la sensación de que el asesinato de su primer ministro nunca sería resuelto.

Fue por esta época cuando aparecieron pruebas que apuntaban a la intervención de Palme en el conflicto entre Irán e Irak. ¿Podría el primer ministro haber sido asesinado por interrumpir la venta de armas a Irán? Por desgracia, esta teoría también sería un camino sin salida.

Llegó mayo de 1987 con otro duro golpe para la investigación, esta vez desde el propio gobierno sueco. Para estas fechas salió a la luz el denominado Informe Wickbon, elaborado por varios juristas que actuaban bajo la dirección del ejecutivo. Este informe mostraba a las claras los fallos garrafales de los responsables operativos, y como estos podrían haber sido aún más graves, poniendo en riesgo incluso la seguridad nacional. La falta de comunicación hizo que no se informara de inmediato a los responsables de seguridad del país ni al jefe de la Seguridad Nacional contra el Crimen. Las delegaciones provinciales no supieron del asesinato hasta horas después, lo que impidió un peinado coordinado y eficaz en los primeros y cruciales instantes. A una movilización de efectivos insuficiente, se le unió un cerco defectuoso, lo que permitió el acceso indiscriminado a la escena del crimen. El propio gobierno, que celebró una reunión de emergencia sin ningún tipo de seguridad y a la que sus miembros llegaron en taxi, también fue blanco de las críticas del informe. La noche del asesinato de Olof Palme, se cometieron fallos imperdonables, imposibles de subsanar en caso de que todo hubiera derivado en un golpe de estado.

Intentando sacar la cabeza tras el escarmiento público que había supuesto el Informe Wickbon, la investigación volvió a retomar el 14 de diciembre de 1988 la teoría del “loco solitario” tras la detención de Carl Gustav Pettersson, un drogadicto con antecedentes penales. Este Pettersson se iba a convertir de inmediato en el sospechoso número uno al que apuntaban (y apuntan aún a día de hoy) muchos de los implicados en el crimen. Agresivo, alcohólico, drogadicto y ex convicto tras matar a una persona con una bayoneta, su descripción coincidía con la de los testigos en los alrededores del crimen. Tras registrar su casa, la policía no halló un arma como la que causara la muerte a Palme, pero si encontraron municiones para un revolver de ese tipo. Obviamente Pettersson se declaró inocente, pero fue encarcelado de forma preventiva durante quince días.

Aunque pueda parecer increíble, durante todo este tiempo, Lisbeth, esposa del primer ministro, no había sido interrogada por la policía. Los investigadores se escudaron en querer causarle las mínimas molestias posibles a la viuda, pero no hay que olvidar que Lisbeth era la única que había mirado al asesino de su marido a la cara y había sobrevivido para contarlo. Otro error de bulto que volvió a indignar a la sociedad sueca, harta de los despropósitos de sus cuerpos de seguridad.


Carl Pettersson el loco solitario al que apuntan tanto la familia de Palme como sus amigos cercanos.

Los fiscales y jefes del caso alimentaban un clima de optimismo antes del comienzo del juicio contra Pettersson que no era compartido por el resto de los suecos. El tiempo parecía dar la razón a estos últimos, pues según avanzaba el juicio, los fiscales no conseguían probar un móvil para el crimen y el “loco solitario” no era vinculado con ningún arma de fuego.

Por fin el13 de junio de 1989 apareció en escena el testimonio de Lisbeth Palme. Pero no todo iba a ser tan fácil, pues la viuda exigió tres condiciones para testificar: Pettersson no debía estar presente en el interrogatorio, no podía haber espectadores ni periodistas y sus declaraciones no debían ser grabadas ni difundidas. Los jueces se negaron a las peticiones de Lisbeth, lo que unido a que otro de los testigos principales de la acusación se negaba a testificar, hizo tambalearse el juicio.

Los fiscales, sin embargo, se negaban a rendirse y lograron convencer a los jueces para que aceptaran algunas de las peticiones de la viuda. Por fin el 13 de junio de 1989, Lisbeth Palme prestaba declaración identificando sin dudas a Carl Gustav Pettersson como el hombre que les siguió desde el cine y disparó contra ellos aquella fatídica noche de invierno en Estocolmo.

Tras el decisivo testimonio de Lisbeth, que se unía a los antecedentes de Pettersson, el acusado fue condenado el 27 de julio a cadena perpetua por siete votos contra dos.

Acto seguido la defensa recurrió el fallo, lo que desembocó en un juicio en segunda instancia. En este segundo proceso, Lisbeth Palme fue sometida a un careo con Pettersson. Cara a cara y con tan solo seis metros de distancia entre ellos, ambos intercambiaron un breve diálogo:

­—No tengo ninguna duda —volvió a ratificar Lisbeth mirando al hombre que había atentado contra su marido.

­—El día que la verdad se establezca, será un día de alivio —respondió el acusado lanzando una pregunta mientras era retirado de la sala:­—¿Por qué habría yo de matar a tu marido, que fue amigo de los débiles y oprimidos?

A lo que Lisbeth Palme nunca respondió.

Esta segunda vez los miembros del tribunal absolvieron a Carl Gustav Pettersson, pues consideraron que no había pruebas suficientes en su contra.

Otro fuerte golpe para la investigación y para toda Suecia, pero especialmente para Lisbeth Palme, que decidió romper su silencio tras el juicio arremetiendo con dureza contra los investigadores en una entrevista de televisión. La viuda se despachó a gusto asegurando que la policía había filtrado informaciones y fotografías que debían mantenerse ocultas. Les acusó además de sabotear la investigación y de legitimar el atentado a través de una campaña de calumnias contra Olof.

Tras esta tormenta mediática y la absolución del único acusado que había sido enjuiciado, la investigación se enfrió.

Es momento ahora de repasar algunas de las múltiples teorías que intentaban explicar el magnicidio, comenzando con la teoría chilena según la cual Olof Palme habría sido asesinado por los servicios de inteligencia de la dictadura de Pinochet. El primer ministro sueco no solo se oponía a la dictadura que campaba a sus anchas por el país sudamericano, había además ofrecido asilo político a refugiados que huían del país, opositores a Pinochet. Esta teoría se sustenta además en el testimonio de Michael Townley, un americano que había confesado al FBI haber recibido órdenes de las autoridades chilenas para atentar contra Palme en Madrid en 1979 en el marco del congreso del Partido Socialista Español (PSOE). Todo apunta a que el nombre de Palme estaba en la lista de condenados a muerte que en 1979 había elaborado la Dirección Nacional de Inteligencia chilena. De todos estos condenados a muerte, solo uno había sobrevivido al atentado que pretendía acabar con su vida.

Otra dictadura criminal que tenía a Olof Palme en su lista de enemigos era la Sudáfrica del apartheid. Palme habló sin tapujos en 1976 asegurando que la política exterior de Suecia debía pasar “de la inacción a la intervención” en el aislamiento del estado racista sudafricano. El primer ministro sueco pasó entonces a la acción financiando con fondos de su partido a la oposición al gobierno sudafricano. En esto, como en otras cosas, Suecia se adelantó al resto de países, imponiendo sanciones económicas al gobierno del apartheid, lo que podría haber sentenciado a muerte al propio Palme.

Esta teoría tomó fuerza en 1996 gracias al testimonio de Eugene De Kock, ex coronel del régimen racista que estaba siendo juzgado en la Sudáfrica post apartheid por los desmanes durante sus años de servicio. Según De Kock, la denominada Operación Longbreach tenía como objetivo asesinar al enemigo nórdico y habría sido un tal Craig Williamson el encargado de llevarla a buen término. Williamson, que vivió varios años en Estocolmo, incluida la noche del crimen, confesó a su vez haber asesinado a varias personas contrarias al apartheid, pero siempre negó su participación en el asesinato de Olof Palme.

La denominada “pista sudafricana” llegó a ser tan importante que incluso el primer presidente de la Sudáfrica democrática, Nelson Mandela, anunció que se tomarían medidas especiales de investigación. Policías suecos viajaron hasta el país africano para indagar in situ, pero una vez más todo acabó fracasando pues nada de lo denunciado se pudo apoyar en las pruebas necesarias.

Como se puede intuir debido a la popularidad del caso en Suecia, numerosos documentales, películas y libros, creados por periodistas de investigación han intentado dar su propia teoría del asesinato de Olof Palme. Una de estas posibles respuestas, ideada por un grupo de periodistas se basa en la gran cantidad de testigos que afirmaron en su momento haber visto policías de paisano hablando por walkie-talkies, distintos a las emisoras policiales comunes, en el metro siguiendo a los Palme, fuera del cine y en el lugar de los disparos. Estos periodistas se preguntaban ¿estos policías estaban protegiendo al presidente o le tendían una emboscada? Los autores de este reportaje se apoyaban además en el testimonio de otros testigos que situaron a los policías Alfred y Gunnar en el lugar del asesinato, de paisano y en actitudes sospechosas. Estos policías, que casualmente eran los encargados de patrullar el distrito de Norrmaen, la zona del atentado, habían sido denunciados en numerosas ocasiones por usar procedimientos brutales con los detenidos.

La teoría de un atentado desde dentro de la policía es débil y carece, como muchas otras, de pruebas sólidas, además de que no convence para nada a la propia familia Palme ni a la ciudadanía.


Placa en honor a Olof Palme en Estocolmo.

Entre teorías de la conspiración y regímenes dictatoriales dispuestos a dar muerte a sus opositores, llegamos a diciembre de 1997 y un viejo conocido del público vuelve a situarse en el primer plano de la investigación. En esa fecha, la fiscalía general arma otro juicio en contra de Carl Gustav Pettersson, basándose en cuatro nuevos testigos aportados por la policía. ¿El veredicto? Inocente de nuevo, pues los nuevos testigos no daban pie a la revisión.

Pocos años más duraría Pettersson con vida pues el 29 de septiembre de 2004 ingresaba en un hospital de Estocolmo con una hemorragia cerebral de causas pocos claras de la que jamás se recuperaría. Los rumores dicen que poco antes del accidente que provocó su ingreso, Pettersson quiso reunirse con Mårten Palme, uno de los hijos del primer ministro. Nunca sabremos que tenía que decirle. Lo que tenemos claro es que para la familia Palme, el único culpable del asesinato siempre será Carl Gustav Pettersson. ¿Su móvil? Un odio a la sociedad establecida, avivado por el que fuera su compañero de celda y terrorista Lars Tingström, quien supuestamente le encargó matar a Olof Palme debido al odio que tenían a la sociedad construida por gente como él.

Llegamos al año 2006 con la investigación estancada. Habían pasado ya veinte años del magnicidio y el caso acumulaba cerca de 500.000 folios casi olvidados dentro de unas 600 carpetas. No obstante, noviembre de ese mismo año, la policía sueca informaba del hallazgo de un revolver Smith & Wesson en el fondo de un lago. El que por aquel entonces era el jefe de la investigación calificó de “interesante” el hallazgo, pero advirtió de que el deterioro del arma podía prolongar los exámenes una o dos semanas. Sin embargo, una vez más, no se volvió a saber nada más del arma y el caso volvió a donde estaba.

Para el año 2011 estaba prevista la prescripción del asesinato, pero un año antes el Parlamento Sueco decidió suprimir la prescripción de los delitos muy graves, lo que posibilitó seguir con la investigación.

La primera década del siglo XXI quedaba atrás y el asesinato de Olof Palme seguía impune. Su viuda, Lisbeth, falleció en 2018, pero sus hijos y todos los herederos de su legado social y político seguían reclamando justicia.

Y así llegaba el año 2020, y cuando ya prácticamente nadie tenía esperanza de ver el caso cerrado, la fiscalía general sueca nos entregó el sospechoso definitivo: Stig Engström. Si bien es la primera vez que aparece mencionado en el artículo, Engström fue uno de los primeros testigos en ser interrogados en la propia escena del crimen. Su status, sin embargo, cambió en 2018 cuando la policía empezó a verle como el principal sospechoso tras una investigación periodística que reveló su entrenamiento en el uso de armas de fuego y su amistad con un coleccionista de armas obsesionado con los revólveres Magnum, como el que se usó para matar a Palme.

Engström además formaba parte de un circulo de críticos de Olof Palme y según su familia tenía una opinión negativa del primer ministro. Además, según el fiscal del caso, Krister Petersson, el acusado era alcohólico y enfrentó graves problemas financieros durante largo tiempo.

¿El problema de este nuevo sospechoso? Stig Engström se había suicidado en el año 2000 por lo tanto es imposible presentar cargos en su contra, lo que implica el cierre de la investigación. Un cierre demasiado abrupto, que no convence a expertos y figuras políticas suecas. Muchos denuncian además la facilidad de inculpar a una persona muerta que ya no puede defenderse.


Stig Engström era un diseñador gráfico que trabajaba en la compañía de seguros Skandia.

Hasta aquí todo lo que ha dado de sí la investigación del asesinato de Olof Palme. Ahora me gustaría saber tu opinión ¿Complot por motivos políticos o asesinato individual? ¿Alguna de las teorías te convence? ¿Conocías el caso? Déjame tus opiniones debajo.










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