La doble desaparición de Charles Morgan
- David CM
- 14 ago
- 9 min de lectura
Charles Morgan era, aparentemente, un hombre normal. Tenía 39 años, estaba casado con Ruth, madre de sus cuatro hijas, trabajaba como agente de custodia, vivía en Tucson, Arizona, y no parecía que su vida fuera diferente de la de otros miles de hombres estadounidenses de su edad. Sin embargo, el 22 de marzo de 1977 iban a dar comienzo una serie de sucesos que destaparían lo que Charles escondía y cambiarían su vida y la de su familia para siempre.
El día comenzó como otro cualquiera con Charles Morgan llevando a sus hijas al colegio antes de dirigirse al trabajo. El problema es que jamás llegó a su oficina y al parecer sus hijas fueron las últimas en verle. Ruth, al ver que no regresaba a casa esa noche, se preocupó, pero no está claro que denunciara su desaparición a las autoridades.

Tres días después, en la madrugada del 25 de marzo, los ladridos del perro de la familia despertaron a Ruth. La mujer, aunque asustada, se dirigió a la puerta del domicilió donde encontró a su marido inmóvil y en silencio. La primera impresión fue tremenda, pues Charles presentaba un aspecto desaliñado, tenía unas esposas de plástico colgando de cada muñeca y otro juego adicional colgando de su tobillo. Además, le faltaba uno de sus zapatos. Como único gesto, el hombre se llevó la mano a la garganta por lo que su esposa le preguntó si podía hablar. Charles negó con la cabeza. Ruth le preguntó si podía escribir y esta vez la respuesta fue afirmativa.
Cuando su mujer le entregó bolígrafo y papel, el hombre escribió que había estado retenido cerca del aeropuerto de Sky Harbor, en Phoenix, a unos 180 kilómetros de su casa, donde había sido torturado. También afirmó que le habían suministrado una droga alucinógena que podría o bien volverlo loco de forma irrevocable o destruir su sistema nervioso causándole la muerte si la ingería. Al enterarse de esto, Ruth quiso llamar a la policía y buscar ayuda médica, pero Charles Morgan se negó pues según él, pondría a su familia en peligro.

Ante esta negativa, Ruth accedió a cuidar de él hasta que se recuperara. Durante los siguientes días, Charles y Ruth se iban comunicando por notas escritas. Fue entonces cuando el hombre confesó estar llevando una doble vida como agente del gobierno federal. En una de esas notas escribió que los secuestradores le habían quitado su identificación del departamento del tesoro y que había estado trabajando para el gobierno durante aproximadamente dos o tres años. A su esposa todo esto le pilló por sorpresa pues era la primera vez que Charles hablaba sobre este trabajo para el departamento del tesoro.
Para cuando Charles Morgan recuperó el habla, su mente estaba en un profundo pozo de paranoia en el que se hundía cada día un poco más. Vestía chaleco anti balas a diario y siempre iba armado, se negó a que sus hijas salieran solas a ningún lado y se aseguró de que alguien las llevara y trajera de la escuela cada día sin excepción. Charles le dijo además a su padre que si algo le sucedía dejaría una carta explicándolo todo, incluido quien era el responsable.
Dos meses habían transcurrido en este irrespirable ambiente obsesivo cuando los peores temores de Charles y su familia se hicieron realidad.
El 7 de junio de 1977, Charles Morgan volvió a desaparecer. Ese día era el turno de Ruth de llevar a las niñas al colegio mientras que su marido se dirigía al trabajo. Sin embargo, a última hora de la tarde, el hombre llamó a su oficina para avisar de que llegaría en unos 30 minutos, aunque jamás llegaría, por lo que esta vez sí se denunció su desaparición.
Cuando habían pasado ya nueve días desde la desaparición de Charles, su mujer recibió una llamada telefónica de una desconocida mujer que se presentó como “Ojos Verdes”. La enigmática mujer preguntó por “Ruthie”, apelativo cariñoso con el que se refería a ella su marido, cuando Ruth respondió que era ella, la mujer al otro lado de la línea dijo: “Chuck (apodo de Charles) está bien. Eclesiatés 12: 1-8” y colgó.
El pasaje de la biblia al que hizo referencia “Ojos Verdes” dice en parte así:
"Los hombres temen a lo alto, y hay terrores en el camino; el árbol se inclina, y el langostino se arrastra, y se quiebra el hilo de plata, y se rompe la vasija de oro, y se quiebra la vasija en la fuente, y se quiebra la rueda en la cisterna; y el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio."
Dos días después de la llamada, el 18 de junio, el cadáver de Charles Morgan era encontrado en un camino de tierra a unos 65 kilómetros al oeste de Tucson. El hombre había recibido un disparo en la parte posterior de la cabeza y estaba tirado junto a su coche con su propia pistola al lado.

Los elementos que se encontraron en la escena del crimen llamaron especialmente la atención de los investigadores. Charles aún llevaba puesto el chaleco antibalas que insistía en vestir desde su primera desaparición. También portaba su pistolera en el cinturón, así como un cuchillo oculto en la hebilla. Clavado en su ropa interior, se encontró un billete de 2$ con una especie de mapa dibujado en el reverso. El anverso de ese mismo billete contenía siete apellidos hispanos con las palabras “Eclesiastés 12” escritas arriba. Unas flechas señalaban los números 1 y 8 dentro del código de serie del billete. El mapa conducía a una zona entre Tucson y México, a los pueblos de Robert Junction y Salacity, lugar bien conocido por el contrabando.
Dentro del coche de Charles se encontraron unas gafas de sol, que nadie identificó como suyas. Había además varias armas, munición y esposas. Según se descubrió después, el vehículo había sido modificado para poder abrir las puertas desde el guardabarros. También había una nota manuscrita con instrucciones para llegar al lugar donde se había encontrado el cadáver. En el asiento trasero se halló un pañuelo blanco, que al ser desenvuelto descubrió uno de los dientes de Charles.

La autopsia determinó que Charles Morgan había recibido un disparo a quemarropa en la parte posterior de la cabeza con su propia Magnun calibre .357. El arma estaba sospechosamente libre de huellas dactilares, así como el resto de la escena. Se estableció que el hombre llevaba muerto unas doce horas antes de que se encontrara su cadáver, lo que dejaba una pregunta en el aire: ¿dónde había estado entre que desapareció el 7 de junio y el descubrimiento de sus restos el día 16?
Los investigadores, llevados por el hecho de que el disparo procedía de su propia pistola y que Charles tenía residuos de pólvora en la mano, concluyeron que el tiro había sido auto infligido y consideraron su muerte como un suicidio. Esta conclusión no convenció a su mujer Ruth ni al periodista Don Devereux que cubría el caso. En sus propias palabras: “Nunca he visto, en todos mis años como periodista, a un tipo salir al desierto con un chaleco antibalas y pegarse un tiro en la parte trasera de la cabeza”.
Dos días después de que se descubriera el cadáver de Charles, una mujer, usando de nuevo el alias de “Ojos Verdes” llamó al Departamento del Sheriff del condado de Prima, confirmando que era la misma que había llamado a Ruth unos días antes. “Ojos Verdes” añadió que Charles había ido a buscarla a un motel local poco antes de morir. Allí el hombre le mostró un maletín asegurando que con ese dinero saldaría un contrato de 90.000 $ (que además aumentaba, según él, 5.000$ por día) que la mafia había impuesto sobre su cabeza.
La policía pudo corroborar parte de la historia de “Ojos Verdes” comprobando gracias a las cámaras de seguridad que Charles Morgan se reunió varias veces en un motel de la zona sur de la ciudad con una mujer desconocida. A la vista de estas evidencias los investigadores se plantearon que el hombre podía estar manteniendo una relación extra matrimonial, algo que su viuda negó de forma contundente pues estaba segura de que su marido le era extremadamente fiel.
No está claro si la policía llegó a identificar a “Ojos Verdes”, pero si fue así, nunca hicieron público su nombre.
A pesar de estas evidencias, la policía cerró el caso el 10 de agosto de 1977, calificándolo como suicidio, pues como el propio departamento del Sheriff declaró: “No hemos encontrado ninguna evidencia de que nadie haya participado en la muerte de Charles Morgan salvo él mismo”.
Esta conclusión, sin embargo, no convenció a muchos, incluidos, como ya he mencionado, a su mujer y al periodista Don Devereux. Es por esto que Don apuntó en otra dirección tras su propia investigación. Pero para entender sus conclusiones, debemos conocer primero el contexto de la época en la ciudad de Tucson y en todo el estado de Arizona.
En la década de los 70 Arizona era el único estado que permitía propiedades de bienes raíces mediante fideicomisos ciegos, lo que significaba que cualquiera podía comprar propiedades de forma anónima y sólo un agente de depósito, como Charles Morgan, conocía su identidad. Esto había favorecido que el crimen organizado hubiera establecido este estado como un lugar propicio para el tráfico de narcóticos y el lavado de dinero, pues esa ley favorecía la compra de tierras y propiedades en las que hacer pasar por licitas las ganancias extraídas de sus actividades criminales sin que estas pudieran ser rastreadas.
Las investigaciones del periodista Don Devereux sacaron a la luz que Charles estaba involucrado en actividades de lavado de dinero a través de su compañía de depósito en garantía, además de en grandes transacciones de oro y platino, que era una forma más conveniente de blanquear capitales. Don también descubrió que el hombre mantenía registros duplicados de todas estas transacciones ilícitas. Según el periodista “El Sr. Morgan estaba en los límites de un par de grupos del crimen organizado muy grandes en Arizona (probablemente la familia de Ned Warren y la de Joe Bonanno) en el momento de su muerte. Este hecho fue muy fácil de pasar por alto y sospecho que a lo largo de los años estuvo varias veces en este tipo de situación. Estaba realizando, tal vez, más de 1.000 millones de dólares en operaciones de custodia en lingotes y platino, aunque se trataba de transacciones que muy probablemente sólo existieran en papel. Era un hombre de negocios que seguramente se acercó demasiado al peligro. Para el periodista también “existía gran probabilidad de que el Sr. Morgan estuviera haciendo algo para el gobierno. Creo que era un tipo extremadamente ingenuo en muchas cosas. Creo que alguien descubrió su tapadera y lo mataron”.
Tras la muerte de Charles Morgan seguían apareciendo datos sobre esa aparente doble vida en la que vivía. Esta vez fue el turno de su abogado, Ronald J. Newman, quien confirmó que el hombre era un testigo secreto en una extensa investigación de fraude de tierras, habiendo incluso testificado sobre los tratos internos del Banco Internacional de Arizona. Se supone que su testimonio fue grabado en mayo de 1977, aproximadamente un mes antes de su muerte.
Mientras tanto, la viuda de Charles intentaba continuar con su vida, cosa que no le estaba siendo fácil, pues dos semanas después de la muerte de su marido, dos hombres desconocidos se presentaron en su puerta. Ambos se identificaron como agentes del FBI y alegando que tenían que registrar la casa, la pusieron patas arriba. Según Ruth, parecía que estuvieran buscando algo concreto, pero finalmente se marcharon sin encontrarlo. Al enterarse de lo sucedido, Don Devereux envió una solicitud de libertad de información al FBI en un intento de identificar a esos oficiales, sin embargo, la agencia afirmó no tener conocimiento sobre Charles Morgan y por lo tanto no haber planeado ningún registro de su casa.
Tres meses después de que Don Devereux iniciara su investigación, un hombre llamado Doug Johnston fue asesinado a tiros en su coche a fuera de su oficina en Phoenix. El hombre recibió un disparo en el lado izquierdo de la cabeza y nunca se encontró ningún arma. Este suceso, aparentemente no conectado con el asesinato de Charles Morgan viene a darle un cariz incluso más siniestro al caso y es que Doug trabajaba y fue asesinado al otro lado de la calle en la que el periodista Don Devereux tenía su oficina, además de que ambos conducían vehículos casi idénticos. Para Don esto no fue una casualidad y está totalmente convencido de que Doug fue asesinado en caso claro de identidad equivocada y que él era el verdadero objetivo.
Por si esto no fuera suficiente, un año después del disparo a Dog Johnston, el periodista de investigación Danny Casolaro, se puso en contacto con su colega de profesión Don Devereux pues afirmaba tener información sobre las transacciones ilegales de oro en las que Charles Morgan estaba involucrado. Sin embargo, ambos periodistas nunca tuvieron la oportunidad de reunirse pues Danny fue encontrado muerto en la bañera de un hotel con ambas muñecas cortadas. Esto unido a la existencia de una supuesta nota de suicidio, hizo que su muerte fuera declarada como tal y nunca investigada. Otro aparente suicidio relacionado con el caso...
Tanto Ruth, que falleció en 2016, como sus hijas, jamás han aceptado la opción del suicidio y siguen creyendo que la muerte de Charles Morgan fue un asesinato.
Es momento ahora de conocer tu opinión ¿Crees que su conexión con la mafia fue la causante de su muerte o pudo Charles elaborar un complicado suicidio para despistar a todo el mundo? Déjame tus comentarios sobre el caso más abajo.



Comentarios